
A un año de la elección, la aprobación de Milei llegó a 36,2% en octubre y volvió a subir por tercer mes seguido. La serie muestra una escalada gradual desde 31,4% en julio, aunque el salto total todavía no alcanza para hablar de un cambio de ciclo. El dato es relevante, pero el bolsillo sigue siendo el termómetro que puede frenar la mejora.
La brecha entre aprobación y desaprobación también se achicó: pasó de 27,4 puntos en julio a 19,3 en octubre. Eso habla de una recuperación real, pero el Gobierno sigue lejos de los picos que tuvo tras las legislativas de 2025. Desde abril, el indicador se mueve en una banda corta, como si recuperara terreno perdido en vez de conquistar uno nuevo.
El apoyo joven tiene un matiz que conviene leer con lupa: aunque la mitad de los menores de 40 años aprueba la gestión, el 56,5% de ese grupo dice que jamás votaría a Milei. Esa distancia entre evaluar bien y votar es la señal de un respaldo más utilitario que identitario. En otras palabras, valoran gestos concretos, pero no terminan de sentirse parte del proyecto.
El género aparece con más fuerza en el rechazo que en el apoyo. La imagen positiva de Milei es de 41,2% entre varones y de 30,2% entre mujeres, pero la imagen negativa salta de 48,7% a 67,9%. Eso muestra que el sexo no ordena tanto quién apoya como la intensidad con la que se rechaza.
El rechazo también es más duro que el apoyo. Del 58% que tiene una imagen negativa, el 54,3% la califica de “muy mala”, el nivel de rechazo intenso más alto entre todos los dirigentes medidos. Frente a eso, la imagen positiva se reparte casi en partes iguales entre “muy buena” y “buena”. Ese desequilibrio explica por qué el margen electoral sigue siendo estrecho.
El problema central es que la desaceleración inflacionaria dejó de ser el principal activo político. Ahora, salario, empleo y endeudamiento familiar ocupan el lugar de la demanda social, justo en los temas donde todavía no se percibe mejora. A eso se suma la incertidumbre: casi la mitad de la población no logra proyectar su situación económica en el mediano plazo.
La centralidad del trabajo también se ve en las preferencias laborales. El 67,2% prefiere un empleo en relación de dependencia y registrado, con recibo y aportes; el 26,9% elige el trabajo independiente con monotributo y apenas el 1,4% la informalidad. Es un dato que pone la estabilidad por encima de la autonomía.
En medio del conflicto entre el Gobierno y las universidades nacionales, el relevamiento muestra una valoración alta de esas instituciones. El 75,5% tiene una imagen positiva, apenas el 11,5% negativa y el 12,5% regular. Se trata de una adhesión que duplica a la aprobación del propio Gobierno y complica cualquier intento de deslegitimarlas.
El antecedente no deja margen para el optimismo desmedido. Entre febrero y abril, el oficialismo resignó en dos meses lo que había acumulado tras las legislativas. Si el malestar del bolsillo no encuentra respuesta, la mejora conseguida desde julio puede revertirse con la misma velocidad.
La aprobación de Milei llegó a 36,2% en octubre, su tercer mes consecutivo de mejora. Aun así, salario, empleo y deuda familiar frenan la tendencia y el rechazo sigue siendo el rasgo más fuerte.
